La indulgencia A todos, en cualquier campo de expresión de la vida, nos llega por mandato de los planos mayores un momento en nuestra trayectoria en que los valores morales o espirituales que tanto estudiamos o pregonamos de cara al exterior son puestos en examen. Quizás esto se haga por medio de entidades enemigas de la luz y el progreso, pero siempre a través de los egoísmos y las caprichosas debilidades aún inherentes en nosotros o en aquellos que integran la sociedad. Nos estamos refiriendo a aquel periodo especialmente crítico o "turbador" en que de repente, como el estallido de un tormenta, la vanidad, la ira y las pequeñas o grandes susceptibilidades. Surgen esos "fuegos" característicos que quizás hace tiempo empezamos a controlar y reducir con la disciplina de la caridad bien entendida, la tolerancia, el tacto, la solidaridad, etc. Nuestras reacciones cobran insólito protagonismo, amenazando la obra laboriosa de la hermandad, la cooperación desinteresada y la confianza. En estos momentos de prueba unos dejan prender con facilidad las cenizas de sus inferiores; otros, por el contrario, ofrecen tenaz y paciente resistencia. La prueba transcurre hasta determinado momento, mientras la lucha de la verdad y la ignorancia (que en gran parte es la lucha contra nosotros mismos) es observada amorosa y pacientemente por los guías e instructores. Desde el mundo espiritual ellos nos auxilian en la ruta evolutiva con la cual nos afinamos y nos comprometimos para auxilio a los demás y para la redención de nuestras pasadas o ancestrales ingratitudes. La luz siempre está encendida al frente, es sólo que nosotros con frecuencia perdemos la estrella guía al interponer en nuestro caminar las tristes sombras de la mala voluntad, de la torpe inconstancia. Echemos mano cada vez con más frecuencia del bendito manto de la indulgencia, allá, como su hermana gemela, la caridad, es el plateado cordón por donde se engarzan una a una todas las demás virtudes. Los espíritus de luz y sabiduría, ante las vibraciones tumultuosas de esta humanidad, no cesan de susurrar al oído y a las conciencias, más o menos aletargadas, sobre los oscuros efectos de la susceptibilidad que lanzada al exterior de nuestro círculo debilita y a veces envenena las más bellas relaciones y las más firmes y nobles aspiraciones en interés del bien. La indulgencia es siempre la bendecida peregrina que descendiendo a los baldíos campos de nuestro "Yo" nos abraza con piadoso y liberador poder, apartando lejos nuestras iras con la lluvia renovadora del perdón y haciendo germinar las adormecidas semillas de la fe renovadora y la esperanza. Indulgencia, siempre.