Inquietudes del joven espírita Por Juan H. Cruz Bailes, fiestas, juegos y demás diversiones en general son las cosas que atraen a la gente joven... por lo menos eso es lo que se fomenta en nuestra sociedad. Luego, de repente, el joven debe olvidar todo eso y adquirir "seriedad", dando por terminados los "tiempos felices". Pasan los años y cuando el joven deja de serlo, ya que su organismo se lo evidencia, empieza a preocuparse por lo que le sucederá después de la muerte y lamentarse por lo que no pudo o no quiso hacer cuando era joven. Estas preocupaciones son transmitidas a los que aún son jóvenes y se dicen cosas como: "No pierdan el tiempo y disfruten todo lo que puedan, para que no les ocurra como a mí". Este es el círculo vicioso que resulta del materialismo fomentado por nuestra sociedad religiosa, que otro es el responsable de nuestras acciones y que la "salvación" de nuestras almas nos la dará Dios si nos arrepentimos y aceptamos nuestra condición inferior a tiempo, inclusive si lo hacemos durante el último aliento de vida que nos quede. Por lo tanto, el joven se puede dedicar a satisfacer las necesidades creadas por la sociedad. Este joven vive ajeno a los problemas familiares, los de su comunidad, los de su país e inclusive los mundiales. Pero si el joven logra tomar conciencia de estos problemas, se ve a sí mismo como un ser insignificante, incapaz de aportar a las soluciones, ya que para este joven hedonista y religioso la solución de los problemas se encuentra fuera de él, o sea, en Dios. Otros jóvenes pueden verse impulsados a utilizar la violencia para intentar romper con los males sociales. Pero la violencia solamente genera violencia y eventualmente lo alcanzado por la violencia se degenera y la situación vuelve a su estado original y muchas veces se empeora. Por otro lado, el joven espírita ve la vida desde otra perspectiva. Ha cobrado conciencia de que es un espíritu encamado con la responsabilidad de progresar mediante diferentes y variadas experiencias, y que este progreso debe ser en todas las áreas mediante el esfuerzo y el trabajo. El joven espírita se ve a sí mismo responsable de su vida, acepta las limitaciones como oportunidades de crecimiento y hace suyos los problemas a su alrededor, aportando soluciones a nivel individual y aunando esfuerzos con diferentes grupos afines o no. Este joven sabe que sólo con la práctica del amor es que las soluciones son permanentes. En fin, el joven espírita se aprecia como un ser importante en el universo con función de cocreador del Creador. El joven espirita no nace formado, hay que ayudarle a desarrollarse. Se debe comenzar tan temprano como en el período de gestación, hablándole al espíritu por nacer sobre el compromiso contraído entre él y sus padres. Estos deben cumplir con ese compromiso llevando al niño el conocimiento de la codificación kardeciana para que haga suyo el método de estudio de Kardec, utilizando la razón como brújula para alcanzar el conocimiento sin fantasías. Los padres reforzarán lo aprendido mediante el amor y el ejemplo, estimulándolo a desarrollar sus facultades para alcanzar el progreso. El estímulo para el desarrollo del joven espírita no debe limitarse al núcleo familiar, debe practicarse también en las instituciones espíritas. Muchas de éstas han cerrado debido a que su dirección se mantuvo en manos de una sola persona, que cuando desencarnó o se retiró del grupo el mismo se rompe. La única manera de desarrollar líderes o por lo menos espíritas conscientes es dándole oportunidad a los jóvenes. El director de grupo que no practica esto no es un líder verdadero. Hasta hace algunos años esta era la situación del movimiento espírita en Puerto Rico. Al carecer de representación joven, prevalecía un estado de estancamiento intelectual. Cuando un joven se acercaba a una institución y expresaba ideas diferentes lo tildaban de rebelde, inclusive si sus ideas eran afines con las presentadas por Kardec. Al correr de los años, las conciencias de algunos líderes despertaron y permitieron la participación activa de los jóvenes. El joven espirita no busca la derogación de los líderes establecidos o mayores, sino que desea crecer con ellos para estar mejor preparados y para continuar con el trabajo por ellos comenzado. El joven espirita puede hacer esto y mucho más. La única manera de cambiar nuestra sociedad religiosa-materialista es seguir desarrollando jóvenes espíritas para romper el circulo vicioso. Hay que educar y desarrollar la conciencia de que la vida no es sólo diversión, hay mucho trabajo por hacer y se debió comenzar ayer. Debemos devolverle al ser humano las riendas de su vida, demostrándole que no existe un Dios que salva o que condena, que la vida trasciende los límites de la carne y que todas nuestras acciones nos afectan y afecta a los que nos rodean. La juventud espírita tiene el dinamismo y empuje necesarios para hacer estas tareas, pero necesita la orientación, el estímulo y, sobretodo, el afecto de los mayores. Trabajemos unidos en la empresa de crear la sociedad del mañana fortalecida con la cultura espírita.