Visión dinámica de la reencarnación Por Vianno de Carvalho (Espíritu), psicografiada por Divaldo Pereira Franco en 1995 El concepto de la reencarnación, en el cual el ser tiene por objetivo expiar los males practicados, pagar los errores cometidos y satisfacer las deudas pasadas, cede hoy lugar a una visión más dinámica y menos punitiva de ese recurso indispensable para la evolución. El dolor es el mecanismo natural del fenómeno de la vida y no apenas imposición rectificadora. Ciertamente, en muchos casos el dolor se torna pedagogo y terapeuta llamando a las personas a la reflexión, a la madurez, a la corrección y al perfeccionamiento de sus actos. No siempre, sin embargo, es resultado de los errores pasados, sino también de los sucesos naturales de la escalada evolutiva. El amor sí es ley de la vida, trabajando el individuo para el desdoblamiento y concienciación de los valores que en él yacen en germen. La reencarnación es impositivo de progreso, que faculta el crecimiento del espíritu propiciándole la identificación y la asimilación de los relevantes objetivos a que está destinado. A través de ésta, cuando el ser está equivocado, se recupera; cuando está en indisciplina, se reeduca; cuando está en deficiencia, se purifica; adquiriendo siempre experiencias nuevas que incorpora en el íntimo patrimonio de naturaleza intelecto-moral. El pago por los errores y de los crímenes cometidos se da no sólo mediante el sufrimiento, mas igualmente a través de realizaciones edificantes y dignificantes que el amor proporciona. Gracias a la reencarnación, el espíritu culpable despierta para la realidad de su vida inmortal y termina por comprender la grandeza de la enseñanza que le es facultada; aprendiendo que las acciones positivas poseen los recursos para disminuirle la carga perniciosa de tas realizaciones infelices, que le pesan en la economía de la evolución moral. Frente al arrepentimiento, cuando alguien se conciencia del mal que practicó, se predispone a la expiación del delito, esto es, al inevitable sufrimiento resultante de éste, así preparándose para la reparación. Esa reparación no se restringe apenas al asunto del error ni de la persona a quien se haya perjudicado. De esa forma, a medida que el ser se eleva, menos penosa se le torna la marcha por comprender el significado de la oportunidad del renacimiento en la carne, lo cual le amplía el número de actividades dignificantes que le facultan mejores disposiciones para el avance, para el crecimiento ilimitado. Los impositivos del proceso dolor-pago ocurren en las fajas más primarias de la evolución, de la conciencia, por la falta de sensibilidad del ser para apercibirse de tas ventajas del bien, mientras transita en las experiencias más automáticas. Así, la fatalidad del sufrimiento en la Tierra cede espacio a una visión nueva de la justicia divina. Esta nueva visión proporciona el descubrimiento de los tesoros del bien al alcance de todos los que se resuelven cambiar de actitud, rechazando los impulsos de la violencia, orgullo y amor propio y abrazando las bendiciones de la pacificación, la humildad, la solidaridad y el bien que pueden hacer. A cada instante, de esa forma, se modifica el destino, se altera la ruta evolutiva, se ameniza la aspereza de la marcha, se alarga el paisaje de la autoiluminación. La criatura no más se siente infeliz, gracias a la alegría personal de ser útil; no más se presenta solitaria porque es solidaria; no más se rebela contra las provocaciones porque sabe valorizarlas en favor de la renovación del entendimiento; no más se molesta con los problemas porque dispone de los medios para solucionarlos, predisponiéndose a hacerlo inmediatamente. Cada hora constituye preciosa oportunidad que pasa a aprovechar con sabiduría, no para relacionar dificultades porque reconoce que al superarlas experimentará los impulsos que lo promueve a niveles más altos en la escalada evolutiva. La reencarnación, aunque portadora de objetivos de depuración, es también medio saludable de conquista de la belleza, de la salud, de la plenitud. Gracias a ésta nada se pierde cuando es útil y providencial, así anulando las acciones perturbadoras y haciendo cesar sus efectos dañinos donde estos se demoren. Propicia luz de la reparación que disipa todas las sombras de la aflicción, de la repulsión y del odio. El dolor, así colocado, igualmente constituye una lección que algunos espíritus eligen a fin de enseñarle a cómo comportarse a aquellos portadores de menor resistencia cuando ellos son incursos en sus estatutos providenciales. Tales fueron los ejemplos de muchos espíritus nobles como Sócrates, Esteban, Francisco de Asís, Teresa de Avila y otros, sobretodo Jesús, el ser más perfecto que jamás transitó en la Tierra, nuestro modelo ideal y guía seguro.